LOS
HÉROES SIN NOMBRE
Hubo una época y una literatura histórica que asignaron mentalmente
el alto comando de las libertades a una clase que venia del privilegio y vivía
para el privilegio.
Los que hemos
estudiado en el libro vivo de esa historia no escrita: los que creemos que aún
falta por escribirse, no los anales de los patricios ni los guerreros; no la épica
de los jefes insignes y de los subalternos que morían como perros cerca de las botas
de los jefes insignes, sino a la historia de los hombres; del pequeño hombre
enorme que dijo en el lenguaje definitivo de los hechos cómo el elemento humano
al que otros sólo consideraron para talar los árboles, arrear la recua, rasurar
el cañamelar o recoger la almendra del cacao, cómo ese elemento humano, que
acaso no era más culto ni podía serlo que el que más tarde dejarían los
atropelladores.
Fue la noble materia heroica de que se sirviera;
porque el Libertador creyó siempre, hasta en las horas más lóbregas de Jamaica,
cuando pedía desesperado un par de onzas de oro al gobernador ingles de la
isla, para no tener que alojarse otras dos de plomo en “la cabeza de los
milagros”, o cuando ya de vencida parecía irse extinguiendo con las ultimas
luces de la costa atlántica; porque él supo siempre que en Venezuela había
hombres.
Naturalmente, no los fue a buscar a las casas de
contratación, donde la Guipuzcoana liquidaba sus últimas existencias; ni aun se
le ocurrió comprometerlos por el entarimado de los saraos coloniales, donde sus
primas bailaban de guardainfante y sus primos jugaban al tresillo los copiosos
doblones de la buena cosecha de añil, donde era muy rococó y muy enciclopedista
tener ideas “peligrosas”, que luego conviértanse en clamores arrodillados de
histeria; tampoco se anduvo reclutándolos en casa de aquel bodeguero, a quien
la burla urbana llamara “el pueblo”, porque, insolente, con ancha faja de cuero
de becerro, todo demagógico, increpaba a cada paso, a la cabeza del motín
arrabalero: “el pueblo quiere, el pueblo pide, el pueblo necesita…”
y ese que
no era pueblo le llamaron por burla “el pueblo” ; que al sentido común a veces
se le llama burla; menos se le ocurrió pensar que entre los cortesanillos de la
Capitanía General o los tenientes de alcalde, o los monigotes de calzón de
trabilla o de sotana listada, iba a encontrar ese material con que más tarde se
fabricarían tres Carabobo y un Ayacucho.
José Rafael Pocaterra.

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