El presente relato está escrito en formato para radio y aparece en un capitulo del libro, "La Historia Fabulada" del escritor venezolano Francisco Herrera Luque.
AUTOR:
Uno de los mayores problemas que padece no sólo Venezuela, sino la totalidad de
los países latinoamericanos, es la ausencia total de identidad de su clase
dirigente, blanca por lo general, con el resto de la población, mestiza en su
mayor parte. Esta vergonzosa anécdota de Laureano Vallenilla Lanz, Ministro o
Embajador de Venezuela ante el Gobierno francés vale más que un tratado.
Encontrándose en una aristocrática residencia, una dama francesa sorprendida
por el aspecto español de nuestro gran escritor y torcido político, le espetó a
quemarropa:
La
Dama: ¿Venezolano? Pero si parecéis francés o español. Yo pensaba que todos
eran indios o negros.
AUTOR:
Y nuestro embajador, célebre además por su agilidad mental, compelido por el
referido complejo, antes de responderle a la impertinente con alguna frase propia
de su talento, apenas dijo cruel y descarnado para con su pueblo.
Vallenilla
Lanz: No olvide; señora, que en América hubo conquistadores y conquistados.
AUTOR:
¿Cuántas veces a lo largo de la vida me he encontrado con venezolanos,
diplomáticos o no, que se embelesan y regodean cuando topan con la indiscreta
dama de Vallenilla?
Voz:
(Engolada de godo) Es que mis abuelos por parte de padre son alemanes, mi
abuelo materno es francés y mi abuela, aunque es de apellido González, es nieta
de españoles…Prácticamente se puede decir que no tengo ni gota de criollo…
NARRADOR:
¿Merece ser venezolano y en especial diplomático de alto rango quien
tácitamente se enorgullece de no tener arraigos patrios?
AUTOR:
Hay una vieja cacatúa descendiente de Guzmán (Blanco), hija y nieta de
venezolanos, nacida y criada en el país, que valida de su amistad con un viejo Embajador
utiliza pasaporte de una nación europea cuando viaja al exterior.
Voz
de vieja: Es que me da pena decir que soy venezolana. Son tan vulgares nuestros
compatriotas.
AUTOR:
Al igual que la tonta del cuento estoy cansado de ver cómo hijos de europeos,
llegados al país en sus primeros años, y de nacionalidad venezolana,
aferrándose a la discutible ventaja de la doble nacionalidad, son alemanes,
noruegos u holandeses apenas salen de Venezuela. ¿No es significativa esta
persistencia de dualidad de una actitud escapista hacia el país de sus padres? Quien
se avergüenza de ser venezolano debe ser segregado rabiosamente del rebaño. La
patria es la infancia. Si aquel que pasó su niñez en Venezuela y dice no tener
la nacionalidad venezolana, aún deja la puerta abierta para reencontrarse con
su ancestro, está robusteciendo la ausencia de identidad de nuestra clase
dirigente con su pueblo. Si ya exceden los cinco millones (un tercio de la
población) los extranjeros e hijos de extranjeros seria cosa grave para nuestra
dinámica social y para nuestro futuro que tan elevado número de venezolanos lo
sean por apariencia, pues no es lo mismo tener una patria de arraigo que una patria
de paso. Si una clase dirigente no se identifica con la base mayoritaria de la
población se convierte en un apéndice de vetustos imperios que para nada se
diferencia de los ingleses de la india o de los belgas en África.
NARRADOR:
La historia es larga y compleja. Cuando en 1923 vino a Venezuela un primo del
rey de España, la alta sociedad caraqueña le declaró al Borbón en forma
impúdica el amor que sintieron sus antepasados por la causa española y como
fueron sacrificados por Bolívar y Arismendi en La Guaira y en Caracas. Muchos
venezolanos de la clase dirigente han padecido de crónicas añoranza por el
Viejo Mundo, cifrando sus máximas esperanzas en hacerse de unos reales para
vivir en Paris, como cínicamente lo anunció Antonio Guzmán Blanco, caudillo
revolucionario y Gran Dictador de Venezuela. ¿Cómo transcurrieron los últimos
años de Antonio Guzmán Blanco? En Paris, rodeado del fasto que le permitía la
inmensa fortuna robada al erario público. Casó a sus hijos con miembros de la
nobleza francesa y pidió ser enterrado en Paris donde reposa desde 1899.
AUTOR:
Guzmán Blanco fue un gran farsante, al igual que su padre Antonio Leocadio Guzmán.
Todo su ideario revolucionario se vino abajo apenas le sonrió la fortuna y a
diferencia de lo que preconizaba Cesar prefirió ser el último en los círculos
de la nobleza francesa que el primero en este país hermosamente desolado.

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